top of page
LOGO TRIADA-2.png

La filantropía no es solo generosidad. Es infraestructura.

13 sept
10 min de lectura

Qué hace crecer la filantropía y qué puede construir América Latina por sí misma

Por Sharon Van Pelt


Esta conversación no empezó conmigo. En el primero de dos artículos recientes

publicados en El Radar, Sergio Guarín planteó que la filantropía no puede desarrollarse por sí sola, que los bancos, las instituciones financieras, los inversionistas y el mercado en general tienen que ser parte de la ecuación. Carla Aguilar llevó el argumento un paso más allá: Guatemala no carece de filantropía. Carece de la arquitectura que le permita crecer.


Coincido con ambos y, al mirar la experiencia de Estados Unidos, agregaría algo más. El mercado y la arquitectura no son dos conversaciones separadas. Los bancos importan. Los asesores patrimoniales importan. Pero también importan las reglas fiscales, las fundaciones comunitarias, los fondos asesorados por donantes, los datos, los asesores especializados en filantropía, la regulación de las organizaciones sin fines de lucro y los intermediarios capaces de movilizar recursos de manera segura entre países. En conjunto, estos elementos permiten transformar la generosidad privada en capital filantrópico organizado.

Esa es la parte de la experiencia estadounidense que vale la pena mirar con atención.


Lo interesante no es el dinero

En 2025, los estadounidenses donaron aproximadamente US$617 mil millones a causas benéficas. Las fundaciones aportaron por sí solas más de US$117 mil millones.[1] Pero después de una carrera internacional dedicada al desarrollo, incluida buena parte de ella en América Latina, y ahora trabajando también dentro de la filantropía estadounidense, he llegado a pensar que las cifras son la parte menos interesante de la historia.


La verdadera pregunta es cómo tanta riqueza privada llegó a convertirse en capital filantrópico. No ocurrió porque los estadounidenses sean, por naturaleza, más generosos.



Estados Unidos construyó un sistema que ofrece muchas vías relativamente sencillas para pasar de la riqueza privada a la acción filantrópica: donaciones directas, fundaciones familiares, fondos asesorados por donantes, fundaciones comunitarias, legados testamentarios, donaciones de activos apreciados y filantropía incorporada a la planificación patrimonial de las familias. Los asesores financieros, abogados y contadores forman parte de ese sistema, y hablar de filantropía en la misma conversación sobre inversiones, impuestos y herencias es algo bastante habitual.


La ley refuerza este sistema mediante incentivos y obligaciones. Las fundaciones privadas, por lo general, deben distribuir alrededor del 5% de sus activos cada año.[2] Las organizaciones sin fines de lucro presentan declaraciones fiscales públicas que permiten conocer sus finanzas y su gobernanza. Los donantes reciben beneficios fiscales bajo reglas definidas.


El sistema dista mucho de ser perfecto, y actualmente en Estados Unidos se debaten varias de estas reglas. Pero el principio se mantiene: el gobierno no se limita a esperar que la gente sea generosa. Crea estructuras que facilitan las donaciones y, a cambio de un tratamiento fiscal favorable, establece reglas destinadas a proteger el interés público.


Los fondos asesorados por donantes, conocidos como DAF por sus siglas en inglés, muestran lo que esta arquitectura puede producir a gran escala. Un donante transfiere activos a una cuenta destinada a fines benéficos, recibe de inmediato el beneficio fiscal correspondiente y puede recomendar donaciones a lo largo del tiempo, mientras la institución patrocinadora se ocupa de la administración.


Los DAF son objeto de un debate legítimo, sobre todo porque no existe un plazo obligatorio para que cada cuenta distribuya sus recursos. Aun así, para el año fiscal 2024 acumulaban casi US$328 mil millones en aproximadamente 3.6 millones de cuentas, y ese mismo año distribuyeron cerca de US$65 mil millones.[3]


La lección para Guatemala no es copiar el DAF estadounidense. Es más sencilla: hay que acortar la distancia entre querer donar y poder hacerlo bien. Hay que ofrecer a las familias opciones entre hacer una donación ocasional y crear una fundación con toda una estructura propia. Y hay que construir instituciones en las que las personas confíen para reunir, administrar y canalizar sus recursos.


El mercado tiene que funcionar de verdad

Aquí es donde el argumento de Sergio cobra especial importancia. Si los bancos, abogados y asesores patrimoniales nunca hablan de filantropía con sus clientes, falta una pieza fundamental de la infraestructura.


Y hay evidencia de que esa brecha ya le está costando recursos a América Latina. Una encuesta realizada por CAF América y STEP Miami entre asesores patrimoniales que atienden a clientes latinoamericanos de alto patrimonio encontró que el 93% de esos clientes ya dona cada año a organizaciones fuera de Estados Unidos.[4] Sin embargo, los propios asesores reconocieron que no cuentan con las herramientas necesarias para orientarlos adecuadamente.

El interés por donar a la región existe. La infraestructura profesional para canalizar esos recursos todavía no está a la altura.


Incluso cuando existen mecanismos, hay problemas que vale la pena señalar. Las fundaciones estadounidenses y los fondos asesorados por donantes pueden financiar directamente a una organización extranjera a través de dos vías legales: la determinación de equivalencia (equivalency determination) o la responsabilidad sobre el uso de los fondos (expenditure responsibility).


La determinación de equivalencia exige, entre otras cosas, demostrar que una proporción significativa del financiamiento de la organización proviene de una base amplia de apoyo público y no de unos pocos grandes donantes. En la práctica, esto puede dejar fuera a algunas de las mejores organizaciones pequeñas de Guatemala, que sobreviven precisamente gracias al compromiso de dos o tres financiadores porque todavía no han podido construir una base amplia de donantes.


Una buena organización puede no superar una prueba de cumplimiento diseñada para un ecosistema filantrópico completamente distinto. Eso no es un problema de generosidad. Es un problema de arquitectura, también de nuestro lado de la frontera.


América Latina tiene más capital del que solemos reconocer

Durante décadas, la conversación sobre desarrollo en la región comenzó con

una pregunta: ¿dónde podemos conseguir financiamiento internacional? Esa pregunta sigue siendo importante, pero ya no puede ser la única.


Un estudio de 2025 de The Resource Foundation y Dalberg Advisors, apoyado por la Fundación Rockefeller, estimó que movilizar apenas el 1% de la riqueza privada de América Latina y el Caribe podría generar más de US$5 mil millones adicionales para la filantropía cada año, una cifra aproximadamente equivalente a la ayuda internacional que recibe actualmente la región.

El mismo estudio señala otra barrera, menos visible pero igualmente importante: solo el 27% de los latinoamericanos dice confiar en las ONG.[5]


La arquitectura filantrópica no consiste solamente en incentivos fiscales y mecanismos para donar. También depende de la transparencia, la credibilidad y la trayectoria que hacen que una persona esté dispuesta a entregar su dinero a una institución en lugar de dárselo directamente a un familiar o a alguien que conoce.


América Latina no tiene por qué verse principalmente como receptora de filantropía generada en otros países. El capital existe. Lo que falta en muchos países es la infraestructura que permita conectarlo con organizaciones sociales y fines de interés público.


Algunos países ya la están construyendo

Guatemala no tiene que mirar únicamente hacia Washington. Colombia puede ser uno de los ejemplos actuales más interesantes. La Agencia Presidencial de Cooperación Internacional, APC-Colombia, lanzó formalmente la primera estrategia nacional de filantropía del país, que incluye patrocinio fiscal internacional, donaciones colectivas, filantropía de la diáspora, filantropía vinculada al turismo y mejores datos. La estrategia reconoce claramente que Colombia capta apenas el 0.04% del mercado filantrópico mundial y se propone cambiar esa realidad de manera deliberada.[6]


Chile ofrece otra lección. Sus reformas de 2022 ampliaron las donaciones con beneficios fiscales, crearon un registro público de donaciones y habilitaron mecanismos para donar directamente a través de la nómina, facilitando que los trabajadores hagan aportes periódicos desde su salario.[7]


México ofrece un tercer ejemplo. Comunalia, la alianza de fundaciones comunitarias mexicanas representa actualmente el 94% del sector de fundaciones comunitarias del país: 17 fundaciones que llegan a más de 400 comunidades y aproximadamente 30,000 personas. Entre 2008 y 2014, sus fundaciones miembros aumentaron en casi 40% la inversión en desarrollo liderado por las propias comunidades, al tiempo que redujeron en 35% su dependencia de donaciones extranjeras.[8]


Ese es el tipo de cambio que Guatemala necesita: aprender de experiencias que han funcionado, adaptarlas a su propia realidad y mantener la rendición de cuentas cerca de las comunidades a las que se busca servir.

Son modelos distintos y funcionan a escalas distintas. Ese es precisamente el punto. Una fundación comunitaria en Quetzaltenango no necesita la infraestructura de una institución nacional. Un fondo común administrado localmente podría comenzar con diez empresas y veinte familias. Un fondo de la diáspora podría empezar con personas vinculadas a un solo departamento.

La arquitectura tiene que construirse sobre la confianza que ya existe y partir de la realidad del país.


Guatemala no empieza de cero

Guatemala ya ofrece deducciones fiscales para ciertas donaciones que cumplen con los requisitos establecidos. Por eso, la pregunta no es simplemente si existen incentivos fiscales. La pregunta es si las reglas actuales son suficientemente sencillas, atractivas y amplias como para motivar a más personas a donar. Pero hay otro obstáculo que la política fiscal, por sí sola, no puede resolver: la confianza.


Dudaría en decir que Guatemala carece de una cultura filantrópica. Ciertamente no carece de una cultura de generosidad. Los guatemaltecos ayudan a familiares, iglesias, comunidades, personas necesitadas y causas que conocen personalmente. Sin embargo, buena parte de esa generosidad permanece fuera de los canales formales.


En Guatemala existe una marcada preferencia por donar a través de iglesias antes que de ONG, y hay razones para ello. Durante años, figuras y estructuras creadas bajo la apariencia de organizaciones de la sociedad civil han sido utilizadas por actores corruptos para fines ilícitos y políticos. Esto ha perjudicado la reputación de todo el sector y ha erosionado la confianza pública en organizaciones legítimas que realizan un trabajo serio.


Por eso, buena parte de las donaciones sigue siendo directa e informal. No porque los guatemaltecos carezcan de generosidad, sino porque tienen razones para ser cautelosos respecto de dónde colocan su dinero.


Esta distinción importa. El reto no consiste simplemente en convencer a las personas de que sean más generosas. Consiste en generar confianza en la filantropía institucional y en las organizaciones a través de las cuales opera.

Y esa confianza tiene que existir en varias direcciones. Los donantes y las empresas tienen que confiar lo suficiente en las organizaciones de la sociedad civil como para financiarlas sin pretender controlar todo lo que hacen. Las organizaciones de la sociedad civil tienen que estar dispuestas a trabajar con empresas y donantes a quienes quizá tradicionalmente no han visto como aliados. Las organizaciones tienen que confiar unas en otras lo suficiente como para compartir información, reunir recursos y, a veces, permitir que otra organización lidere. Y las comunidades tienen que confiar en que todos estos actores están trabajando con ellas, no simplemente decidiendo por ellas.

Nada de esto ocurre automáticamente. Las organizaciones de la sociedad civil también tienen una responsabilidad. Importan la buena gobernanza, la transparencia, un liderazgo creíble y la evidencia de que los recursos se utilizan bien. También importa contar con mejor información pública sobre el sector. Es más probable que los donantes participen en algo que pueden ver, comprender y evaluar.


Aquí es donde la infraestructura y la confianza se encuentran. Una fundación comunitaria hace mucho más que reunir dinero. Puede ofrecer un espacio confiable para que personas que normalmente no trabajan juntas puedan donar juntas. Un intermediario creíble puede evaluar organizaciones y reducir la incertidumbre de un nuevo donante sobre el destino de sus recursos. Un fondo común puede permitir que empresas y familias apoyen temas que quizá no estarían dispuestas a financiar por sí solas. Una mejor rendición de cuentas hace que el sector sea más visible y confiable.


La infraestructura facilita donar, pero también puede ayudar a construir la confianza necesaria para que las personas realmente la utilicen. Esto nos lleva a preguntas muy concretas para Guatemala. ¿Podrían simplificarse o modernizarse los incentivos fiscales existentes? ¿Son adecuados los límites actuales si queremos aumentar considerablemente las donaciones individuales? ¿Es fácil para un donante saber qué organizaciones califican? ¿Podrían normalizarse las donaciones por nómina? ¿Podrían fondos administrados localmente permitir que las personas donen sin tener que crear sus propias fundaciones? ¿Podrían los abogados y asesores financieros incorporar rutinariamente las donaciones y legados filantrópicos en sus conversaciones con los clientes? ¿Podría Guatemala crear mejores mecanismos para que su enorme diáspora invierta filantrópicamente en comunidades y organizaciones del país?

Y, como plantea Carla, ¿podría el país finalmente generar datos confiables sobre todo esto?


Nada de esto requiere que Guatemala reproduzca el sistema filantrópico estadounidense. Requiere que Guatemala construya el suyo.


Lo que yo no importaría del Norte

El sistema estadounidense es sumamente sofisticado para movilizar dinero. No siempre ha sido igual de sofisticado para compartir poder.


La filantropía internacional y las iniciativas de desarrollo en general han tropezado muchas veces con los mismos problemas burocráticos: prioridades que no responden a las necesidades locales, procesos de solicitud complejos, ciclos de financiamiento demasiado cortos y exigencias de cumplimiento que consumen los escasos recursos de las organizaciones locales.


Algunas de las mejores prácticas que están surgiendo ahora van en otra dirección: financiamiento plurianual, liderazgo local y rendición de cuentas mutua.


Aquí el aprendizaje debe darse en ambas direcciones. América Latina puede aprender del Norte sobre política fiscal, intermediarios y servicios profesionales para la filantropía. El Norte tiene mucho que aprender de América Latina sobre cercanía, confianza construida a través de las relaciones y la manera en que las comunidades movilizan sus propios recursos sin esperar que alguien les dé permiso.


El momento ha cambiado

Esta conversación sería importante en cualquier momento. En 2026, es ineludible.

La asistencia oficial para el desarrollo a nivel mundial cayó 23.1% en 2025, la

mayor reducción anual registrada hasta la fecha, y Estados Unidos fue responsable de aproximadamente tres cuartas partes de esa caída.[9]


La filantropía no puede sustituir esos recursos a esa escala. Pero el colapso del antiguo modelo de ayuda también abre un espacio para plantearnos una pregunta distinta: no solamente quién va a llenar el vacío financiero, sino qué tenemos que construir para que muchas más personas puedan convertirse en donantes.


Guatemala ya tiene riqueza privada, fundaciones empresariales, una diáspora grande y profundamente vinculada al país, y ciudadanos que todos los días apoyan a sus familias, iglesias, escuelas y comunidades.


Sergio tiene razón: el mercado no puede quedarse al margen.

Carla tiene razón: la generosidad sin arquitectura no va a producir un sector filantrópico sólido.


Lo que agrega la experiencia estadounidense es la evidencia de que esa arquitectura se puede construir deliberadamente, a través de políticas públicas, instituciones, datos e intermediarios que faciliten las donaciones. Y no tiene que construirse toda de una vez.


La generosidad ya existe.

Ahora viene el trabajo más difícil: construir el sistema que le permita moverse.


[1]Giving USA 2026 (Giving USA / Indiana University Lilly Family School of Philanthropy): https://philanthropy.indianapolis.iu.edu/news-events/news/_news/2026/giving-usa-report-2026.html

[2]Philanthropy Roundtable, "Private Foundations and the 5 Percent Payout Rule": https://www.philanthropyroundtable.org/resource/private-foundations-and-the-5-percent-payout-rule/

[3]DAF Research Collaborative, Annual DAF Report 2025 (datos del año fiscal 2024): https://www.dafresearchcollaborative.org/annual-daf-report/2025

[4]CAF America y STEP Miami, "Building the Future: Advising Latin American Philanthropy from Miami": https://cafamerica.org/reports/building-the-future/

[5]The Resource Foundation y Dalberg Advisors, con el apoyo de la Fundación Rockefeller, "Five Agendas to Drive the Transformation of the Philanthropic Sector in Latin America and the Caribbean", 2025: https://www.rockefellerfoundation.org/reports/five-agendas-to-drive-the-transformation-of-the-philanthropic-sector-in-latin-america-and-the-caribbean/

[6]Agencia Presidencial de Cooperación Internacional (APC-Colombia), "Impulsando la filantropía hacia Colombia": https://www.apccolombia.gov.co/sites/default/files/2026-04/Estrategia_Filantropia_APC_Colombia%20version%20abril%2024%20prepublicable.pdf

[7]PwC Chile, "Nueva Ley Donaciones N° 21.440" (registro público): https://www.pwc.com/cl/es/publicaciones/Nueva-Ley-Donaciones-N-21_440-PwC-Chile.pdf; NSS, "Ley de donaciones en Chile" (descuento por planilla): https://www.nss.cl/en/blog/ley-de-donaciones-en-chile-guia-2023

[8]"Community-Led, Sustainable Development in Mexico", Darden Ideas to Action, University of Virginia: https://ideas.darden.virginia.edu/P3-sustainable-development-Mexico

[9]OCDE, "International aid fell sharply in 2025, says OECD" (caída del 23.1%): https://www.oecd.org/en/about/news/press-releases/2026/04/international-aid-fell-sharply-in-2025-says-oecd.html; Devex, "ODA plummets by almost a quarter" (participación de EE.UU. en la caída): https://www.devex.com/news/oda-plummets-by-almost-a-quarter-driven-by-billions-in-us-cuts-112247

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page